Leí alguna vez – no recuerdo dónde – que el presente es un pequeño espacio de luz entre dos nostalgias. Quizá no son las palabras exactas, pero son todo lo sugerentes para hoy, que he cumplido 67 años.
Uno entiende aquello de nostalgia por el pasado. MI tío Carlos solía quedarse en silencio por largo rato en su sillón de mimbre con almohadones de terciopelo marrón, con la mirada perdida y susurrar: «Tiempos que nunca volverán…» Siempre quise saber por qué antiguas memorias vagabundeaba su mente anciana.
Pensé cómo tendría uno nostalgia del futuro. Estas fueron algunas ideas:
A veces me acomete el deseo de iniciar en estos años marrón una tournée de recuerdos por los lugares donde estuve de niño y adolescente. Joaquín Sabina dice en una canción que «al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver». Tal vez sea porque puede doler demasiado volver a pisar, ya como incipiente anciano, los sitios en los cuales uno se daba hartazgos de emociones juveniles.
Hay que construir nuevos recuerdos. No puede ser que la vida no me pueda regalar otros momentos inolvidables…
Alucino con subirme una tarde melancólica al Trans Siberiano y hacer el recorrido en tren más largo del mundo. Caminar entre las torres y almenas de la Gran Muralla China. Navegar por el Mississippi como Tom Sawyer y Huckleberry Finn.
De paso, una fantasía posible sólo en el pensamiento, agitado en este día por discretos onomásticos: dormirme de madrugada entre los sacos de cemento, aún tibios, en el camión de Germán, mientras desciende lentamente desde La Calera hasta Valparaíso.
Hay que construir nuevos recuerdos. No puede ser que la vida no me pueda regalar otros momentos inolvidables. Porque, citemos otra frase de Sabina, «no hay nostalgia peor que añorar aquello que nunca jamás sucedió».
