Poesía, buenas y malas personas

“Alguien que escribe poesía no puede ser una mala persona”, le dice una mujer a otra que le cuenta de un hombre con el que está saliendo y que escribe poesía. No recuerdo si lo leí o lo vi en una película.

Por alguna razón esta mañana en el café Amelie me acordé de estas palabras y me pareció un buen tema para hoy.

Crecí en una cultura que no tenía buena opinión de los artistas. Para mis mayores, el arte era la estética de la rebeldía y el desenfreno. Bueno, no lo decían con la elegancia que lo expreso aquí, pero esa era la idea.

En medio de esa sentencia caminó y aún transita mi propia poética. La historia, y mis amigos y amigas, juzgarán en la posteridad de qué lado yo estaba más cerca.

Lo que define mejor a las personas, me parece, es la forma en que tratan a sus semejantes. Si lo hacen bien, que escriban o no poesía puede ser perfectamente irrelevante.

Una vez debatí con un joven periodista respecto de la conducta moral de los personajes públicos, de los pensadores y artistas.

El tema era sobre alguien que en la vida privada era un abusador, insensible a las personas, y mentiroso, pero en la esfera pública era eficaz o popular.

Si seguimos la analogía inicial, en la vida pública “escribe poesía” pero en privado es una mala persona.

No recuerdo a qué orillas arribó aquel debate. Sólo recuerdo el tema y me ha venido a la mente a propósito del diálogo entre aquellas dos mujeres.

Por cierto, todas las consideraciones acerca de la conducta pública y privada de cualquier persona, son subjetivas. No nos erigimos en jueces – ni siquiera de nosotros mismos.

No olvidamos aquella vieja admonición que dice que cuando juzgamos a los demás nos condenamos a nosotros mismos… o algo así.

Por lo pronto, dejo saber a mi amable audiencia que, a pesar de la incapacidad de definirme como bueno o malo, seguiré intentando alguna poesía.