La casa

El frente tenía un muro sólido, pintado de color blanco y una empalizada que dejaba ver el parque que daba a la propiedad un aire antiguo y señorial. Había una palmera, un aromo, un naranjo y unos pitósporos recortados en redondo, de hojas verde amarillas.

Detrás de la casa se podía ver un enorme eucaliptus y varios álamos; invisibles a la vista de la calle había un manzano, un pino, una madreselva, un parrón, un níspero y una acacia. En la época en que todo florecía, en las jardineras estallaban geranios, violetas y frambuesas.

La casa principal tenía el carácter de la vivienda solariega de mediados del siglo XX: amplia, de sólidos muros con estuco graneado. Tenía un pequeño porche guardado por una pesada puerta de madera con un vidrio biselado y una reja de fierro que tenía dibujada la letra “C”. A la entrada, a la izquierda, estaba la cocina; a la derecha un pasillo que daba al baño y al único dormitorio.

Al frente de la entrada un minúsculo vestíbulo y entonces la enorme sala – el hall lo llamaba el tío Carlos -, con piso de madera, muros con un fino acabado casi marmolado, una lámpara de lágrimas de cristal al centro y una pequeña estufa salamandra de fierro gris.

A la izquierda y a un nivel más alto estaba el comedor con un arco cuadrado y una pesada cortina que lo separaba del hall. Las ventanas estaban protegidas por persianas de madera retráctiles.

Detrás de la casa, el tío construyó habitaciones para mis padres y nosotros. Mi madre ejercía como su ama de llaves y teníamos permiso para entrar y salir de la casa principal. Allí me abismé por vez primera con los cientos de libros empastados en cuero, ordenados prolijamente en los anaqueles que rodeaban la sala.

Allí, en los inviernos alrededor de la salamandra, construíamos castillos torres con la leña y barcos de papel con las páginas de la revista Occidente. Allí descubrí el piano Baldwin de estudio, donde ensayé mis primeros – y únicos – pasos hacia el mágico misterio de las claves de Sol y de Fa.

Queda muy poco de la casa original. El nuevo dueño la fue transformando en algo que apenas reconozco – apenas el techo de tejas y la chimenea. Se van yendo con ella los últimos vestigios de la primera vida. Allí permanece latente la memoria de un mundo sin retorno

Publicado por Benjamin

Publicista, escritor. Pasajero de la luz, de la esperanza y a veces de algunas sombras...