Unos tipos hablan en una mesa vecina casi a gritos. Se refieren, imagínenselo, a un horno de cocina, a unas series de Netflix, a ciertas relaciones sentimentales pasajeras. Los miro con una bronca reconcentrada.
¿Cómo es posible que exista gente que crea tener el derecho a infligir a su prójimo la escucha de semejante sarta de tonteras que se pueden generar a causa de un cortado en jarrito? ¿Cómo no tienen una mínima dignidad para darse cuenta de lo patética que resulta la exhibición de su limitada capacidad de habla?
No entiendo, nunca entenderé, a las personas que sienten la necesidad de esparcir a gritos su verborrea en lugares donde uno acude para descansar del trajín de la ciudad, para leer o escribir, incluso a veces para pensar.
Ni mucho menos a aquellas que invaden el transporte público de la ciudad o el interurbano con sus conversaciones y la asombrosa diversidad de los tonos de sus mensajes telefónicos.
Leí hace un tiempo que el grado de contaminación acústica en la ciudad de Córdoba en Argentina ha llegado a convertirse en un asunto que requiere urgentemente la atención del legislativo so pena de causar daños irreversibles a sus habitantes.
Motos y autos con caños de escape libre, tiendas de artículos electrónicos con cuartetos y reggaetones a todo volumen en la puerta de entrada, camionetas que expelen toda clase de anuncios de tiendas con grandes aparatos de sonido circulando lentamente por el centro de la ciudad.
Eso, sin mencionar la inevitable chimuchina provocada por vehículos de emergencia, motoniveladoras y martillos neumáticos en edificios en construcción, bocinazos y miles de motores de combustión interna abarrotando cada cuadra de la ciudad.
¿Alguna vez a alguien se le ocurrirá que tal como la libertad de expresión, la autodeterminación, el cuidado de los recursos hídricos y del aire, la protección de los menores y de las personas en situación de alto riesgo, el silencio es un derecho que no debería ser vulnerado a menos que sea absolutamente necesario y no como simple consecuencia de la estupidez humana facilitada por la desidia de los responsables políticos?
Una turba invisible de irreverentes, soberbios, arrogantes, atorrantes, desubicados, usurpadores del espacio público y delincuentes sociales colman los espacios públicos y, movidos por sus egoístas intereses, gritan sin tregua contra el silencio: “¡Crucifícale, crucifícale!”
Hasta el día en que deba escribirse la saga de La Tierra Después del Ruido…
