El doctor se sentó a mi lado en el box de atención de urgencia. Había llegado ahí por un cólico, producto de una comida demasiado copiosa, según yo. Vino para darme los resultados de varios exámenes realizados apresuradamente.
Me preguntó: “¿Hay alguien de su familia en la sala de espera?” No recuerdo qué respondí, pero sí lo que pasó por mi mente. Cuando uno es interpelado así, siente que algo está mal.
Lo que siguió fue el diagnóstico de un agresivo cáncer al colon, endoscopías y un viaje apresurado a la ciudad donde vivo para una operación urgente y seis meses de quimioterapia.
Hasta ese momento con el doctor, no tenía indicio alguno de semejante situación. En sólo segundos, se me presentó con suma intensidad, la enorme fragilidad, la inmensa intemperie en la que transcurre la vida.
¿Por qué tenemos siempre esa idea de que a nosotros no nos debe, no nos puede pasar algo así?
Porque vivimos en una época en la que aparatos y discursos de todo tipo nos proponen una suerte de inmortalidad, una inmediata vida eterna, un aquí y ahora infinito.
Esta época nos persuade de que es mal visto pensar en la enfermedad o la muerte; a menos que estés viviendo después de los sesenta o setenta, claro. Aunque si lo pienso, ni aún así. Ahora “los sesenta son los nuevos cuarenta”.
“Nadie tiene la vida comprada”, “Ahora somos y mañana no somos”, nos decimos. Pero la verdad es que creemos, esperamos, confiamos en que a nosotros no nos pasará. Hasta que nos pasa.
Amistarse con lo insoportable
¿Cómo era la frase? Claro: “La insoportable levedad del ser”. El libro de Milan Kundera trata de muchas cosas, pero ese título se ganó un sitial en los dichos de la sabiduría de la fragilidad.
“Nadie tiene la vida comprada”, “Ahora somos y mañana no somos”, nos decimos. Pero la verdad es que creemos, esperamos, confiamos en que a nosotros no nos pasará. Hasta que nos pasa.
Entonces, los discursos, las convicciones, las medidas que hemos tomado con la vida y con el cuerpo se desarman, se desmoronan por el golpe feroz de un viento recio.
Hemos construido diversos refugios internos para afrontar semejantes momentos. Todos se disputan la certidumbre de que nos protegerán de lo que hallamos incierto e inseguro después de este presente, desde este aquí y ahora al que nos abrazamos fervientemente.
Como sean nuestras convicciones, la modesta, pero profunda sabiduría de la fragilidad consiste en aceptar que no vivimos con pasaporte diplomático. No somos ciudadanos VIP.
Hacer las cosas como si fuéramos a vivir para siempre. Vivir como si fuera el ultimo día de nuestra vida.
