Spleen

Nosotros, los doctores de la palabra, los vigilantes del canon, vinimos a traspasar los antiguos linderos. Traicionamos las lealtades más simples que son, en definitiva, las más importantes.

Ignoramos el dolor. Creímos que los pacientes tenían que entender nuestras razones de utilería, los tinglados de nuestras solemnes argumentaciones.

Nos creíamos más allá de los compromisos fundamentales. Nos confiamos en el prestigio de nuestros pasados habilitados por innumerables elogios, como si ellos nos garantizaran la inmunidad de nuestros descuidos y negligencias.

Así que, a golpes de dolores causados y reflexiones de madrugadas en blanco, vinimos a entender que éramos inexcusables. Que no hay razones para justificar los perjuicios causados a la esperanza y al amor.

Fuimos doblegados por los gritos del silencio, por el clamor invisible, por los agravios causados. Nos golpeó la cara el argumento simple de la verdad.

No era necesaria una acusación formal. Los hechos hablaban con el puro lenguaje de la evidencia. Entendimos que las cosas no eran como las habíamos visto y creído.

Hay canciones que alegran un poco la tarde. Ciertos lugares que nos remiten a la gloria de la juventud. Instantes, mínimos estallidos de gozo que tuvimos hace añares. 

Hoy, en la última curva del tiempo, apagamos las arrogantes luces del discurso. No respondemos a las palabras justas, porque ellas solas son justicia para sí. No levantamos el rostro ni las manos suponiendo nada.

Aguardamos el designio de los días que hablan la lengua más potente del universo. Cambiamos, nos hicimos viejos. ¿Cómo era? Ah, sí: la suma de los días.

Hay canciones que alegran un poco la tarde. Ciertos lugares que nos remiten a la gloria de la juventud. Instantes, mínimos estallidos de gozo que tuvimos hace añares. 

Somos como ese viejo emperador que terminó su vida cuidando jardines en una prisión estatal. Vivimos mucho. Y todavía quedan días.

¿Cómo y qué cultivaremos en ellos? Algo que no sea la soberbia. ¿Qué sugiere el decoro de los últimos tiempos?

La juventud es una enfermedad que se cura con los años.

George Bernard Shaw

Publicado por Benjamin

Publicista, escritor. Pasajero de la luz, de la esperanza y a veces de algunas sombras...