Elogio de María Moreno

María Moreno apareció en mi vida cuando tenía cinco años. Entraba a la casa y un perfume de heliotropos se esparcía por el comedor. Se sentaba con mi mamá a tomar unos mates y hablaban de cosas que aún eran inteligibles para mí.

Lo único que yo entendía era que en un momento, María Moreno me llamaba y me hacía sentar en sus rodillas y me acariciaba el cabello mientras seguía su charla con la mami.

Para mi mundo bien poco poblado de caricias esos encuentros eran una fiesta íntima, una celebración silenciosa que yo esperaba sin darme mucho cuenta, excepto cuando regresaba y volvía a entrar a la casa.

Con el tiempo y por lo que fui acumulando en mis recuerdos llegué a entender que se había conocido con mi mamá trabajando como domésticas en las casas de los ricos; ambas provenían  del campo y componían las filas interminables de inmigrantes rurales a mediados del siglo pasado.

Mi madre, cuando por ahí tomaba atención de este pequeño ritual que yo adoraba, solía decir, “¡Pero mira este niño, lo meloso que se pone cuando tú vienes…!”

Era como pan casero recién salido del horno, tibio, dorado, fragante. El pan eterno del amor, de la bondad, del seno cordial que uno como que siempre va buscando y raras, muy raras veces, halla en el tránsito de la vida.

Poco entendía ella que este gesto me otorgó una memoria, un sentimiento que nunca más me abandonó.

Era como pan casero recién salido del horno, tibio, dorado, fragante. El pan eterno del amor, de la bondad, del seno cordial que uno como que siempre va buscando y raras, muy raras veces, halla en el tráfago de esta vida.

El refugio donde todo los peligros, todos los miedos, todos los rechazos han sido conjurados por el abrazo, la mirada, el beso, el silencio.

Me he preguntado qué sucedió con ese ángel que pasó por mi vida. Alguna vez le pregunté a mi mamá y es posible que me haya dicho que murió en un trágico accidente o que simplemente desapareció sin dejar rastro alguno.

Ningún rastro, claro, excepto en mi alma de niño y ahora de viejo: el rastro de su estampa formal, de riguroso traje sastre gris a rayas, su blusa impecablemente blanca y sus zapatos negros.

El rastro de su seno cálido y gentil y aquel aroma de esencia de heliotropos que nunca más he podido volver a sentir por dondequiera que he andado.

Publicado por Benjamin

Publicista, escritor. Pasajero de la luz, de la esperanza y a veces de algunas sombras...

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