De todas las cosas que uno sostiene a lo largo de la vida, ¿cuál es la más persistente? No sabría decirlo. A veces he creído que era el amor. Otras que era la esperanza. Mucho tiempo creía que era la fe.
Con los días, se va apaciguando ese afán de definir todo, de situar las cosas en el “correcto” lugar y he ido dejando más laxa la mente.
Un profesor que tuve en cierta universidad extranjera decía que esa era una manera de dejar entrar cualquier basura.
Cuando lo escuché, me pareció brillante. Hoy lo hallo patético: es ceder al hecho de que uno no sería capaz de discernir nada. Que habría que tener porteros designados por alguna autoridad superior que controlara las entradas.
Eso ya no. Ya fue y nunca más será para mí.
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El amor, de todos modos, sigue teniendo una ventaja. Y esa es que no se refiere únicamente a la cuestión de pareja, lo cual me ha liberado de muchos despropósitos en estos últimos años.
Tengo entonces el amor a la vida, a las cosas, a los lugares, a las personas en su lugar en el mundo y en sus quehaceres. El amor a la justicia, a la verdad, a la paz y a la libertad.
Sin embargo, en este descampado, en esta soledad frecuente se palpa, libre de intervenciones inconvenientes, el encuentro con los otros y la noción intrigante de lo Otro.
El amor a la libertad, finalmente, vino a ser para mí el más alto. Una libertad que desconoce tutelajes, controles y el señorío de concilios y personajes designados. Desconoce las cadenas de doctrinas y constructos humanos que pretenden iluminación superior.
Esta intemperie, en la que nada está garantizado, enferma a quienes necesitan tutores. Son como esas personas que preferían las ollas de carne, los ajos, las cebollas y los melones de la esclavitud al terror del desierto, duro terreno de la libertad y lo desconocido.
Sin embargo, en este descampado, en esta soledad frecuente se palpa, libre de intervenciones inconvenientes, el encuentro con los otros y la noción intrigante de lo Otro.
