Hasta cuando no tenga más ganas de tener ganas.
Un café abierto las 24 horas cerca de mi casa me salvaría de algunas horas inútiles a las 3 o 4 de la mañana.
Un beso, una caricia, un gesto espontáneo, no solicitado, un gesto no reclamado, una respuesta que no sea: “Yo también”.
La atracción del vacío, le seducción del exilio, el abrazo del extrañamiento, tentaciones recurrentes.
La vida, ese desencuentro progresivo con el cuerpo.
El hartazgo, pero hartazgo, de discursos y predicaciones.
Todo lo que no digas, también puede ser usado en tu contra.
Hoy quisiera convocar a la poesía. Invocar su amparo, su abrazo tibio y sereno. Tengo que llamarla, salir a buscarla por bosques, páramos, desiertos. A veces, en el rumor de la ciudad, en Amelie, sale un verso sorprendido, inesperado.
Sé que está por ahí, esperando ser descubierta, más bien reencontrada. Correrá hacia mí, con una sonrisa ancha y se prodigará en mis brazos con un desborde descomunal.
Oído en una película: “Soy abogado, señorita Austen. La ley no tiene nada que ver con la justicia”.
Entre la espada y la pared todavía hay una pizca de tiempo.
Sobre un libro de Jean Guitton: “Es hermoso, pero también es difícil”.
El viaje siempre es hermoso; es un interregno, una suerte de paréntesis entre una historia y una esperanza.
Y sin embargo, queda mucho por ver, por sentir, mucho por reír, llorar y soñar.
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Caminando una madrugada brumosa de invierno por José Asenjo hacia Fernando Rioja. En silencio, porque así nos agradaba a veces. La euforia de la noche de fiesta cedía al sopor de la madrugada…
