Un descalabro de huesos

A veces, no pocas, el sentimiento no es más que un descalabro de huesos. Así me lo describió una auditora hace muchos años.

Un vendaval de zozobras, escribió Lucía Esther Torres una vez. Un relámpago entre dos oscuridades.

Uno le escribe prosas sublimes a semejante tormenta. Le quiere otorgar una luminosidad sublime para eternizarlo si es posible; elevarlo a la esfera de lo trascendente.

Pero a veces, no pocas, es nada más una explosión, un hervor de instantes eléctricos y nervios conjugados.

La profundidad de la vida, sin embargo, suele ir por otro lado.

Después del paroxismo, se produce un silencio, un paréntesis que nos regresa a la realidad de los hechos.

La vida tiene su nota. Establece sus realidades. Nos regresa los bultos de nuestra historia y nos deja en el andén del tiempo. Ya pasará otro tren.

Es como las pompas de jabón. Algunas son inmensas. Descomponen la luz en pequeños arcoíris sinuosos y flotan con cristalina belleza. Pero no tienen más que aire y de pronto desaparecen sin ruido, en un momento que es esperado.

¿Qué es lo permanente, lo sólido de la realidad? La vida con su precariedad. La fragilidad de las cosas. Los compromisos adquiridos. Las cuentas.

Los huesos en estado puro, sin colisiones sentimentales. Las horas entre el deseo y la soledad (elegida, en mi caso). Las básicas urgencias de la vida social.

Uno se inventa proyectos, panoramas, horizontes. Así se siente un poco de certidumbre. Algunos van más allá y construyen certezas, inventos sustanciales que le den cierta consistencia a las cosas. Así se siente mejor todo.

Nos proyectamos o nos imaginamos extendidos en hijos e hijas. Escribimos, creamos, producimos, elaboramos cosas que de algún modo nos hagan sentir infinitos, perdurables.

De vuelta al descalabro de huesos. Quizá por eso buscamos la telúrica intensidad del cuerpo. Hay algo de infinito también en ese descalabro. Y aún conscientes de su meteórica fugacidad, nos gusta incendiarnos en él.

Por cierto, estas no son más que disquisiciones sin más permanencia que los dos o tres minutos que ustedes toman en leerlas. Después la vida sigue su curso sin hacer caso de interpretaciones antojadizas.

Publicado por Benjamin

Publicista, escritor. Pasajero de la luz, de la esperanza y a veces de algunas sombras...