Estantes, estados y estaciones

Frente a mi mesa en Amelie, estantes de libros. Leo algunos títulos: Dos amores de mi vida, Mujeres que compran flores, Mujeres que corren con los lobos, Siete maridos de Evelyn Hugo, Las hijas de la Villa de las Telas, Pecadora, Cuentos de buenas noches para niñas rebeldes.

Hay otros títulos pero me agradó ver todos estos libros escritos por mujeres o que tratan de ellas. Eso es bueno. Ha habido exceso de cosas de hombres en el mundo en toda la historia.

Arriba de todo, un fotograma de la película Amelie (por supuesto). Es el momento en que la protagonista muestra una cucharilla y nos cuenta cómo le gusta romper la capa del postre creme brulée.

Tengo un terrible dolor de cabeza desde anoche. Hace mucho tiempo que no me pasaba. Son, supongo, estaciones de la vida por las que pasa mi tren transbenjaminario. Otras veces es un sentimiento de esplendorosas proporciones.

En otros días son estaciones de la bronca, pero cada vez menos, desde que Maribel me enseñó a tratar con ellas de un modo práctico y, la verdad, bastante sencillo.

Hay otras estaciones de ardor y dolor conjugados, un descalabro de huesos que ocurre en ciertos momentos de emociones inenarrables.

Frecuentemente salgo a estirar las piernas en alguna de estas estaciones, especialmente las que tienen buganvillas floridas o abundantes arbustos de lavanda. En esas estaciones escribo, pienso, hablo y después nada más me largo.

Esto me ha hecho acordar de esos tiempos de niño, cuando iba de vacaciones al sur en tren. Era en vagones de tercera y con locomotora a carbón. Llevaba un cuaderno y anotaba el nombre de cada estación:

San Bernardo, Nos, Rosario, San Francisco, Paine, Pelequén, Rengo, San Fernando, Tinguiririca, Camarico, Morza, Itahue…

Diferentes estaciones de la vida…

Publicado por Benjamin

Publicista, escritor. Pasajero de la luz, de la esperanza y a veces de algunas sombras...