Siguen, y si seguidas de alguno de alma desamorada, de él se apartan, y ni enseñarle quieren; más si dulce canta de amor, movido el blando pecho, se le llegan corriendo luego todas.
«Idilio IV», Bión de Esmirna (Siglo II a. C.)
Las musas no nos quieren. No iluminan al alma desamorada. Se nos apartan porque viven para el encanto de las parejas, para la celebración de los cuerpos.
No inspiraron ellas el único poema mío que he memorizado: «Me voy, me voy. Que a mi tren nocturno no se suba el amor. Quédese en el andén con su abultado equipaje de abalorios y querellas».
Amamos otras cosas. A los seres que hablan, que cantan, que actúan. Amamos a los que eligen la lucha por los desamparados, por los otros oprimidos, por los desechados del sistema.
Amamos los libros y su gesta fundacional en la construcción de las mentes curiosas, insatisfechas, hambrientas de luz. Los libros, patria de papel, ríos de tinta diseminada para el disfrute de los ojos.
Amamos el río, la montaña, el viento, los eucaliptus y principalmente los álamos. Adoramos las buganvillas, las lavandas y últimamente las glicinas.
Amamos los cafés, las pequeñas salas de teatro de pueblo, las fachadas antiguas y los caminitos de los parques a las más inesperadas horas del día.
«Desamorados del mundo, ¡uníos!» declaré esta madrugada y puse manos a la obra. «Esto tiene cara de algo», pensé. Y aquí me ve usted, un poco ansioso, ensayando estas deprecaciones a media mañana en Denut.
«Señor», le dice el amor (romántico) al Universo, «yo existo». «Sin embargo», replica el Universo, «eso no crea en mí un sentido de obligación». En realidad estas son unas líneas de Stephen Crane y el tema no es el amor sino el ser humano. Pero sirve.

Yo amo las cosas antiguas de echo colecciono algunas, pero son muy caras si, Dios te bendiga Benjamín
Me gustaMe gusta