La noche ha sido un tema recurrente en mi escritura. Esta mañana, antes de salir, hallé este breve texto que escribí en una hoja suelta en algún café:
La hora más oscura. La hora del lobo. La madre de todas las batallas de la mente. La noche, que devora toda cordura, que agranda los temores, que alarga los miedos…
Pensé en dejarles tres fragmentos de algunas de mis noches.
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El ómnibus se detiene en la terminal de un diminuto pueblo en medio del desierto. Deben ser las tres o cuatro de la noche. Igual, la hora no me interesa mucho. “Treinta minutos de detención”, anuncia el auxiliar.
Al bajar, me despabila un aire helado y seco. Algunos pasajeros ateridos se acercan a la barra del kiosko en busca de un café. Yo prefiero caminar hacia la oscuridad que está ahí no más, a unos pocos metros.
El cielo se me viene encima con su negro silencio. Me alejo un poco más. Arriba, un mudo concierto de estrellas, tantas como nunca vi. Abajo, una oquedad inasible, ilimitada. Adentro, una pena sin rostro, la odiosa letanía de las preguntas sin respuesta. Qué armonía feroz.
(De “El lado oscuro de la luna”)
La noche, con pocas novedades siempre, con su pertrecho de humedad, silencio y recuerdos innecesarios. Solía ser la hora de las preguntas inútiles, de las sanciones auto infligidas por la conciencia. La crónica de los equívocos, el repaso de los deseos incumplidos, la cruda realidad del ser desnudo.
Cómo quería hacerse inmaterial, transparente, invisible al latigazo de las horas y los pensamientos inoportunos. Cómo ahogarse en los sueños imposibles, habitar las naves siderales de la imaginación y huir a las más lejanas galaxias. Respirar un poco, destrabar la dura garra de la memoria y descansar. Deslizarse suavemente en la orilla del lago y hallar la paz.
(De “La noche de ojos abiertos”)
Noche cerrada. Lluvia impertinente. ¿No sabe la muy desubicada que es época de lavandas florecidas, aromos amarillos, duraznos en flor, perfume de glicinas? Un ruido de pájaros. Equivocados, porque los espero en la mañana. ¿Qué hacen aquí a medianoche, abatidos por este monólogo de agujas, revoloteando, inesperadamente locuaces en medio de las ligustrinas. Algo como: “Se equivocó la paloma… creyó que el invierno era el estío.”
Primavera atrapada en el coletazo moribundo del invierno. Pájaros equivocados en la noche lluviosa. Mi mundo sin fronteras ni calendarios reducido a esta pieza prestada. Vaya sincronía. Maestro de palabras, elijo el silencio. Viajero experto en aeropuertos y terminales, me confino a esta silla giratoria y al escritorio de mi vida.
(De «Fatiga de la noche»)
Fotografía: Justin Hamilton – Pexel
