Fantasía en Si Bemol Menor

Igual que el padre… ¡Tiene la cabeza llena de fantasías…!

Oído al pasar en Corrientes casi esquina San Martín, Villa María

Un hombre, quizá en sus setentas, mientras ordena los diarios de su kiosko, hace este comentario a su mujer. Suelen discutir por diversas cosas y uno los oye sin querer.

Mi mente vuela a millones de años luz. ¿Cuántas fantasías han poblado mi mente?

Imágenes de lagos maravillosos, naves siderales que transitan el universo a la velocidad del pensamiento, cataclismos nucleares de los que sobrevivo no sé por qué.

Poemas de una ingenuidad que dan ganas de ponerse a llorar a gritos. Cartas a la revista Mampato a los doce años. La letra “E” grabada con un alfiler en el dorso de la mano, enamorado de Eridia Contreras los 13 años.

La carta de amor a Hilda que mi mamá descubrió en un bolsillo de mi uniforme escolar y que leyó delante de todos mis hermanos. El día que recité “Canción Amarga” de Gabriela Mistral frente a quinientos niños y niñas en la fiesta de aniversario de la escuela.

Mis mantras de la mañana frente al espejo, cuando las niñas eran niñas: La guerra del Peloponeso, Ajonjolí, Aleluya, gloria a Dios. Mis frases repetidas que anoto en la mesita de noche: Parrín Parrón con chipiripirín, con chipiripirón, ¿Qué le ponís? ¡Pucha que soi preparao! y otras que no puedo poner aquí.

Las personas le llaman fantasías a las cosas que no entienden. A las palabras que no sirven para pagar cuentas y comprarse una camisa. Tienen miedo de pensar en colores que no existen o palabras inventadas como chuglai, insipilipecutre, coleriquicida o escriloquear.

Sí, la fantasía es peligrosa para las señoras con traje sastre o los caballeros seculares con sus ternos a medida y sus anchos pantalones con bastilla. No las pueden depositar en la cuenta de ahorros o no les sirven para decorar el living.

Tal vez tengan razón un poco. Voy a cumplir sesenta y nueve años y las fantasías no me han servido para dedicarme exclusivamente a escribir y no tener que trabajar en oficinas o salas de clases virtuales. No dispongo del dinero de mi jubilación y tal vez tenga que volver a emigrar.

Pero no importa: como torta. Porque no podría vivir sin fantasía.

Fotografía: Zayceva Tatiana – Pexels

Publicado por Benjamin

Publicista, escritor. Pasajero de la luz, de la esperanza y a veces de algunas sombras...