El tiempo era apenas una nota al pie. No leíamos sus advertencias. Nuestro horizonte no tenía medida. Nos regocijaba el que siempre estuviera lejos.
Nos dormíamos en dos minutos en la rampa de un camión, bajo la sombra de unos árboles o a las tres de la tarde de un domingo.
Comíamos ensaladas con ají cacho de cabra, tomate con cebolla cruda, porotos negros con chorizos; a veces, sólo marraqueta con tomate y sandía. Nada nos caía mal.
Bebimos muchas cocacolas, pisco Control o Sotaquí, grapa barata, gin con gin; incluso empanadas con champaña a la medianoche en la biblioteca de la facultad a la que entrábamos a hurtadillas.
Recuerdo que tenía un corazón alérgico a los pólenes. La muerte no existía: éramos asquerosamente jóvenes.
«La Orquesta del Titanic», Joaquín Sabina y Joan Manuel Serrat
Viajamos con cincuenta pesos, una gabardina de color indefinido à la Columbo y un bolsito con lo esencial.
Nos fuimos en tren a Retiro, a Cartagena, a La Calera, al fin del mundo. Una vez tomamos el tren de trocha angosta hasta La Serena.
La vida nos besaba en la boca, se nos presentaba en cueros, tomaba con nosotros café. Era toda nuestra.
Nos enamoramos perdidamente, éramos mucho más que dos, nos tatuamos una inicial con una aguja en el brazo, lloramos los abandonos como si en ello se nos fuera la vida.
Apenas teníamos veinte años. Ibamos a vivir para siempre…
