Una teoría (im)probable del dolor

El dolor es un descarado intruso en nuestras vidas. Se presenta cualquier mañana, o tarde, o noche y extiende sus notables credenciales.

Uno lo desconoce, lo rechaza o lo ignora. Eso depende en realidad de cuán notable – cuán dolorosa – sea su presentación.

Hay un cierto dolor que se escurre entre nuestros miembros, pero no se siente. Es anónimo, subrepticio; insidioso en definitiva. Es el dolor menos deseado porque ostenta marca registrada: tiene grados, es tratable, es recurrente, es terminal.

Cuando es inevitable contar con su presencia, uno se va adecuando porque es animal de costumbres. Lo va incorporando en la cotidianidad y, de pronto, como que no se siente que está ahí. Excepto cuando nos hace recordarlo con espasmos a deshora.

Va modificando nuestras rutinas. A veces sabemos cuándo nos hará su visita indeseable. Otras, nos sorprende a la madrugada o en medio de una comida agradable.

¿Yo?

A mí me gusta resistirlo lo más que puedo. Odio las pastillas, entonces espero hasta cuando ya no es posible ignorarlo.

No lo dejo que controle mi vida. Le digo: «No eres más que un miserable estado mental». Por eso, cuando menos lo pienso, me tira una bofetada vengativa. No le gusta que lo ignore.

Finalmente, ya amigado algo con su continente plomizo y arenoso, me siento con él y lo observo. Con los días, le voy descubriendo unas raras cualidades: tempera la arrogancia, limita la intoxicación del éxito, obliga a explorar la profundidad de las cosas y a abandonar lo más posible la jarana.

“Mejor es el pesar que la risa; porque con la tristeza del rostro se enmendará el corazón”

Eclesiastés 7:3 – RVR1960

Publicado por Benjamin

Publicista, escritor. Pasajero de la luz, de la esperanza y a veces de algunas sombras...

Un comentario en “Una teoría (im)probable del dolor

  1. Wow tremendo y así es precisamente y lamentablemente nunca avisa aveces si pero no le hacemos caso cuando ya está en buen territorio y ya no hay caso, que Dios nos ampare y sea limero

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