Mi patria son todas y todos. Son las casas donde me reciben amigas y amigos.
Mi país es allí donde hay lindas conversaciones, espacios para construir lazos continuos de amistad.
Mi territorio se extiende hacia el corazón de todas las cosas que hago: escribir, leer, hablar, enseñar, escuchar mi vieja lista de reproducción.
Mis provincias se componen de las pláticas en el Starbucks, el café C’est ci Bon, el Work Café del Santander, aunque igual extraño Amélie…
La región en que vivo cada día extiende sus dominios en las conversaciones por teléfono y en persona.
Al almuerzo a veces se junta toda la familia y las conversaciones van de lo más profundo hasta la parafernalia banal de la red social.
Mi mundo no tiene fronteras ni condiciones. No guarda rencores ni nuevos ni antiguos. Ya hubo bastante de eso y no sirvió para nada
En mi patria el dolor es un recordatorio de mi intemperie, pero también me obliga – o me sugiere – que me acerque a otros o que deje que otros se acerquen a mí.
En estos días de tránsito por anteriores dolencias, me acuerdo de aquella fuerza que hubo dentro de mí para pasar el peligro.
La vida tiene sus razones, aunque a veces no las entiendo. Pero no me desespero.
Hay algo más grande dentro de mí.

Es muy cierto la comunión en familia ya se a perdido mucho por causa de las redes sociales pero creo que más que eso son las decisiones que cada uno toma ya que te entretiene o simplemente para copuchear nada más y a ver si hay un me gusta en alguna cosa que publique si necesitamos volvernos a nuestras raíces y socializar más pero en persona
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