Salimos del horizonte de sucesos del agujero negro. Apenas. Pasaron 47 años terrestres y para nosotros fueron unos pocos estremecedores minutos.
Quería vomitar. Me senté en el mini camarote con la cabeza entre las manos. Ya me estaba poniendo viejo para estos asaltos a la razón. La relatividad del tiempo nunca la podré comprender, pero igual me fascina cada vez más.
Universos paralelos. O multiversos pentadimensionales. Nosotros, en al menos dos partes a la vez. Otras posibilidades nunca antes imaginadas.
La física cuántica que está echando por tierra teorías copernicanas. La singularidad, las ondas gravitacionales, los agujeros de gusano.
Ideas de cielos e infiernos que se desconfiguran, desafiando la normalidad de las interpretaciones convencionales. La atracción de lo nunca antes pensado. La seducción del infinito. Una idea de Dios que se sale de la ecuación.
Acá, los universos visibles del sistema asaltan nuestros bolsillos y nuestras mentes.
Oscuros poderes intentan doblegarnos, meternos en sus realidades virtuales y diluir toda tonta idea de libertad auténtica.
El Metro me da una tarjeta de Adulto Mayor — Senior Citizen suena más sofisticado, pero es la misma chuchoca. 21 mil pesos de descuento por acá y 40% de descuento por allá. La ironía triste de los viejitos descartables con publicidad engañosa.
La chica se molesta porque el viejito no entiende cómo es que se hace el trámite ese. Es curioso: ¡ella atiende la sección Adulto Mayor!. Y dice entre dientes: “no entienden nada”. Ella no entiende nada.
Qué sabe ella de que crecimos sin televisión ni control remoto, sin teléfonos portátiles, sin computadoras (solo la Olivetti Lettera). Eramos tan análogos…
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Aterrizamos en el exoplaneta MXZ498. Demasiado nitrógeno y poco oxígeno. Pero una gravedad más o menos del 80% hacía más o menos posible que el día de 67 horas fuera bastante productivo.
(Se ve que me impactó mucho la película “Interestelar”)
