Un dolor reconocido

Estremecidos por una violencia que no podemos comprender, soltamos el primer llanto al nacer. Así es: nos llega primero el dolor. Los cuidados y el cariño que siguen mitigarán tal memoria incomprensible. Por eso tal vez nos conmueve la primera sonrisa de un bebé, aunque sea involuntaria.

Eso, si tenemos esa fortuna. Porque un embarazo de riesgo, sometido a violencias innombrables y un ambiente hostil para la pequeña criatura, imprimirán una huella de dolor indeleble que solo significativos eventos podrían revertir.

Adolecer, según cualquier diccionario que consultemos, es sufrir, padecer. ¿Será por eso que muchos nos sentimos adolescentes toda la vida?

Estamos rodeados de declaraciones voluntaristas que nos dicen que seamos optimistas. Asediado, me repliego en una frase que oí alguna vez: “Un pesimista es un optimista con experiencia”.

Nos urgen a que le pongamos onda, que miremos el vaso medio lleno, que la vida es bella. Y, créanme, vivo poniéndole onda, mirando el vaso lleno y reconociendo la belleza de la vida. Todos los días.

Lo que quiero proponer nada más es que reconozcamos que el dolor está en el tejido y la trama de la realidad. Se puede – lo sé – ser sorprendido por la alegría en medio del dolor.

Lo que me permite erguirme cada mañana y no quedarme escondido bajo las cobijas, es que me saluda ese concierto conmovedor del dolor reconocido y la esperanza militante.

Hay aquí, me parece, un cierto arte de vivir: transitar hacia la paz, la libertad y el amor, saludando hidalgamente de tanto en tanto a ese compañero ora discreto, ora impertinente y feroz que es el dolor.

Conocí a un hombre que dijo: La muerte nos sonríe a todos. Lo único que podemos hacer es devolverle la sonrisa.

(Línea de la película «Gladiador»)

(Fotografía: Hailey Kean en http://www.unsplash.com)

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