Las soledades

“Querría estar aún entre ellos, quería volver a esa noche en que, luego de abrir este librito en la calle, lo cerré después de leer las primeras líneas, lo apreté contra mí, y corrí hasta mi habitación para devorarlo por fin sin testigos. Y envidio, sin amargura, envidio con calor – me atrevo a decirlo – al joven desconocido que hoy aborda Las Islas por primera vez…”

(ALBERT CAMUS, Prólogo a Las Islas, de Jean Grenier)

Albert Camus tenía veinte años cuando encontró este libro. Yo tenía 19 años cuando un amigo me lo regaló. Y sentí la misma emoción descrita por el autor de El Extranjero

Lo leí y releí decenas de veces. Alguien, lejos en el tiempo y en el espacio, me comprendía el temblor que era despertar a la vida. Nadie hasta entonces, especialmente en el opresivo mundo de la religión evangélica, había tocado, por incomprensible, mi incipiente angustia existencial.

Por esos tiempos escribía pequeños poemas – al menos así los llamaba. Los escondía porque no tenían nada que ver con los pretendidos jolgorios de la fe o las supuestas bendiciones de la vida familiar. La soledad había sido la marca registrada de esos años adolescentes.

“Nunca hubo necesidad de hablarme de la vanidad del mundo: sentí mucho más su vacuidad.” Esa es la temprana percepción de Grenier acerca de su vida y que explicaba todo lo mío. Me agobiaba la mascarada de las relaciones humanas. Era consciente, tan temprano, de que el discurso no se correspondía con la realidad.

El amor, aquello que buscaba desesperadamente, se me presentó – siempre – con un lado oscuro: la condición, la vigilancia, la constante rendición de cuentas. La pasión de la carne finalizaba en el estertor del clímax y luego, el vacío. 

Me conmovía tempranamente la desigualdad, la distancia enorme entre la riqueza y la pobreza más despiadada. Descubrí temprano que el discurso político y la predicación, por elocuentes que sean, son solo eso: discurso. Las decisiones y las consecuencias iban, siguen yendo, por un carril totalmente ajeno a la emotividad de la palabra.

Las Islas me ha acompañado desde entonces. Lo presté una primera vez y ya no recuerdo a quién. Desde entonces lo he comprado cuatro o cinco veces. Esta tarde me ha llegado a casa una vez más y experimento la misma ansiedad, el mismo anhelo de hace cincuenta años.

Muchas cosas han pasado desde aquel día en que, como Camus, corrí a mi habitación y lo leí de una sola vez. Desde entonces, mi existencia ha transitado al tenor de esta frase inigualable: «Yo era uno de esos hombres predestinados a preguntarse por qué viven, más que a vivir. En todo caso, a vivir más bien al margen.«

¿Quién puede entrar en el circulo más íntimo de la vida? Es posible allegarse bastante, pero nunca entrar en el cuarto aquel donde habita el ser inconcluso, incompleto. Jean Grenier ha sido uno de los autores que más cerca ha estado.

Las Islas ha venido a ser mi otro libro de cabecera, junto con El Trabajo Intelectual de Jean Guitton y Cartas al Rey de la Cabina de Luis María Pescetti. Mezcla rara entre el enigma de la existencia, el rigor de la ocupación profesional y la poesía más dulce y triste que recuerde.

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