Querido Habitante en tus Alturas:
Esto que cae y no es la lluvia ¿acaso crees que no iba a saber que son tus lágrimas?
Llueve tranquilo, dulce amor, ahora que te pesa tu cabina y que extrañas el mundo (que tanto te duele) y que bajarás como un ave en su propia mano, los almanaques te dan la bienvenida llenos de aire sin piel.
Carta 9, El Rey de la Cabina, Luis María Pescetti
He aquí un libro sorprendente, no solo bello. Es la historia de amor de una joven por un hombre mayor, que trabaja en una de esas gigantescas grúas “jirafa” que se ven en la construcción de grandes edificios. Se oye únicamente la voz de Paloma, la joven enamorada. Apenas vislumbramos los rasgos del hombre en algunas líneas, tan estremecedoras como tiernas.
Lo que me ha sorprendido de este texto, que conocí hace unos diez años, es que está escrito por un hombre. Claro, hay muchos retratos e historias de mujeres que han salido de la imaginación de hombres. Uno puede pensar en Balzac, Flaubert, Stendhal, Proust (solo por nombrar autores franceses).
Es muy evidente en los autores mencionados que los retratos y los relatos salen de la cabeza de un hombre. Es casi inevitable percibir el sesgo en el texto, el juicio – aun si es sutil – de la conducta femenina, una como racionalización subyacente de ese sentimiento.
Si uno leyera “Cartas al Rey de la Cabina” sin saber que ha sido escrito por Pescetti, podría casi asegurar que es la voz de una mujer. Se desprende de casi cada línea un instinto, un sentimiento, una pasión, una potencia latente – aún en las descripciones más suaves -, bastante difícil de hallar en el hombre. No que no se halle, sino que es muy difícil.
Y Pescetti logra ese efecto que a mí me parece cautivador, que soy apenas un observador y no un crítico literario profesional.
Les dejo la invitación a leer “Cartas al Rey de la Cabina” con este otro fragmento:
Voy a enterarme de qué trata la soledad, ahora, y que el vacío de no tenerte, ni esperarte, busque, o me lleve, o sea lo que sea. Te amé tanto, tanto. Te amo, pero te amé. Tanto.
Adiós, en quien te conviertas.
Paloma
Carta 22, ibid.
(Escribí este artículo oyendo un imponente duelo de piano entre Yuja Wang y Khatia Buniatishvilli)
