Ardía en las venas el fuego de la vida. Quemaba todas las razones. Cancelaba todos los miedos. Provocaba atrevimientos colosales. Se mezclaba, inculto, con los vapores del licor y ocurrían desastres maravillosos. No tenía horarios para quemar. Aún en el sueño creaba tumultos bajo las sábanas.
Más tarde encendió el combustible de la imaginación y brotaron proyectos luminosos en la mesa de dibujo y en las reuniones de trabajo. Abastecía de energía al cuerpo para trabajar dos días seguidos con sus noches. Encendía las luces de la creación y entibiaba los rincones del viejo estudio.
El fuego se metió con las palabras y las hizo arder en la mente de las personas, en el corazón de la multitud. Le daba vida a los rigurosos preceptos y los convertía en emblemas militantes, en banderas multicolores que flameaban en las grandes asambleas.
Alimentó los enojos y las alegrías. Consumió, a su tiempo, los rencores. Ablandó los contornos adustos de la piedra. Fundió la sangre congelada. Quemó los portales del encierro y destruyó los muros de la opresión. Deshizo los trillos del odio y la violencia.
Puso a prueba la resistencia de los argumentos y las convicciones. Redujo a escoria la futilidad de los artificios. Carbonizó el entramado de edificios e instituciones. Amalgamó voluntades y unió los escasos metales preciosos disponibles. Le dio forma a nuevos instrumentos.
Declina con el tiempo la fuerza del fuego. La brisa de los años toma el lugar de las tormentosas ventiscas de la juventud. Se mantienen las brasas al amor de las memorias y los aprendizajes. Vienen los amigos y lo alimentan con su presencia pasajera y sus palabras consideradas. Se acurruca en la tibieza de los brazos de alguien por un momento y todo parece estar bien.
El fuego se aviva en la estufa. Dentro de mí también, un poco…
Fotografía: Cullan Smith en www.unsplash.com

Simplemente hermoso y atrapante.
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Muchas gracias Maria Jedus!!
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