De temblores y tristezas

Los residuos que deja el tiempo en la memoria se amontonan en sombríos rincones. Viejos papeles, antiguas fotos, cajas que esconden retazos de historia vivida. ¿Por qué no los tira uno? Resisten mudanzas y limpiezas desesperadas a la hora de la bronca. Hojas de cuadernos, amarilleadas por los años, relatos, historias fugaces, iluminaciones que no son sino paradoja porque emergen de los secretos espasmos del dolor indecible.

¿De dónde vamos a sacar sentido si no es de mirar el camino andado y repasar los hitos del amor, la locura y la tragedia? ¿De dónde, sino en los días de los años de la vida, va a encontrar uno los códigos que descifran el arcano de la libertad? De todos los golpes, de todos los tropiezos, de tanta desventura y de tan pocos regocijos tiene que venir alguna sabiduría, aunque a estas alturas quizá ya no sirva mucho.

Clásicas, adquiridas pertenencias: el amor, el odio, la esperanza, la realidad, los sueños, los temblores, los gritos, el silencio, los miedos, todas reclamando su parcela y las reverencias que convienen a las buenas costumbres. Todas pasando, a su debido tiempo, la factura en las aduanas del sistema.

La miseria no es lo que perdimos en esos desastrosos forcejeos con la vida. Es más bien la conciencia del tiempo que invertimos en darnos cuenta que las cartas estaban marcadas y que no había manera de que nos saliera una buena mano. Los temblores no son sino el pálpito de la memoria acumulada en la piel y los sentidos, porque siempre uno se las arregló para escamotearle al goce diminutos instantes que relevaran al ser del rigor de la tristeza.

En el siglo pasado – no tan lejano en realidad -, solía menospreciar con arrogancia, merced a las influencias de viejos gurús, el pensamiento de aquellos que decían que al final no nos quedan más que las palabras. Más tarde que temprano encontré en ellas los últimos reductos de la paz, el final sentido de las cosas.

Después de tanta vida otorgada sin límites, después de tanta refriega de cuerpos y almas, después de temblores y miserias, está la palabra no más, como el tesoro que, a fin de cuentas, ha sido desde el principio…

Ilustración: Fragmento de la pintura «Nighthawks» de Edward Hopper (1942)

Publicado por Benjamin

Publicista, escritor. Pasajero de la luz, de la esperanza y a veces de algunas sombras...