Noche callada (Epílogo)

La noche, desde los días de las grandes rupturas, devino enemiga tenaz. Se le metía entre pecho y espalda una tenaza invisible, una garra oscura que ahuyentaba cualquier buen pensamiento, toda emergente esperanza.

Pero sobre todo, le liquidaba el sueño. Los párpados ardientes de insomnio escrutaban el pasado reciente. La mente pronunciaba mantras ininteligibles, repeticiones con las que quería ahuyentar el latigazo de los remordimientos.

(Malditos años, benditos años. Cosas nuevas y viejas salían del aparato de la memoria. Las horas felices se disolvían en el ajenjo de los enojos, de los constantes y silenciosos reproches.

La vida no podía ser así. Tenía que haber otro modo. ¿Cómo deshacer el nudo gordiano de la culpa, del miedo, de la vergüenza? 

Qué bronca. Con el tiempo fue entendiendo que esos sentimientos eran la rémora de una prédica feroz, de un discurso lleno de ficciones escatológicas y condenas eternas.

Tardaría años, demasiados casi, para conjurar esas oscuras persecuciones de la conciencia.

Pero ofreció su cuerpo, su mente y su alma para librar ese combate fundamental. Ya bastaba de aprensiones, de temores viejos, de cobardes postergaciones

Se dispuso a aprender el lenguaje de lo otro, de aquello que siempre se le presentó como ajeno, pero que en lo más íntimo del ser lo seducía.

Foto de Annie Spratt en Unsplash 

Publicado por Benjamin

Publicista, escritor. Pasajero de la luz, de la esperanza y a veces de algunas sombras...