La espera

La ventana daba a la parte trasera de un edificio cuyos muros descascarados armonizaban con la grisácea atmósfera reinante. Apartó un poco la cortina de cretona floreada y miró sin el afán de ver algo, sólo un gesto mecánico, un movimiento sin ningún impulso interior.

Una llovizna  monótona multiplicaba la humedad que rodeaba todo desde tiempos que se le antojaban inmemoriales. Con el mismo talante recorrió las desnudas paredes de la habitación, de un verde indeterminado y sucio. Un placard antiguo de madera con un espejo manchado y una silla al lado de la cama constituían todo el amoblado. En la puerta de la habitación había unos ganchos de metal donde colgó su abrigo al entrar.

Se sentó en la cama y apoyó los codos sobre las rodillas. “A las tres”, pensó. Ya eran las cuatro y media y no había aparecido. Tal vez nunca pensó venir en realidad. Seguramente había propuesto el compromiso sólo con el fin de concluir la conversación que a esas alturas era incómoda de más. O quizá un retraso en los horarios, la lluvia, un contratiempo de última hora…

Por otro lado, su tardanza le causaba un extraño alivio. Si lo miraba bien, se daba cuenta que todo aquello no tenía ningún sentido. A fin de cuentas, ser sociable le costaba una barbaridad. Ponerle encanto a la cosa le producía un desgaste emocional atroz.

Sin embargo, en ese dialogo escurridizo había un indicio de luz, un asomo de descanso para esa angustia. Antes y después de eso la vida iría por otro carril, por otros conductos hacia la disolución del tiempo, el sentido y el deseo.

Las cinco. El tiempo se le antojaba una idea hueca, aunque necesaria. Las tres, las cinco, las nueve, todo lo mismo, todo igual. Apenas el registro de las palabras. Recogió su abrigo, salió a la calle y la vida siguió “como siguen las cosas que no tienen mucho sentido.”

Foto de Egor Myznik en Unsplash

Publicado por Benjamin

Publicista, escritor. Pasajero de la luz, de la esperanza y a veces de algunas sombras...