Las palabras de lejos

¿Cómo nos acercamos a esos textos que fueron escritos hace tres mil años, mil, o quinientos?

La mayoría de nosotros no somos expertos en la critica textual, en la arqueología o en la filología, algunas de las ciencias que se ocupan de analizar el sentido original de los textos y su interpretación. Debido a eso, quedamos un poco a merced de nuestra propia percepción indocumentada o bien a la mediación de quienes nos los explican.

Pensemos en los textos de la filosofía, de la religión, de la ciencia o de la historia. No solamente hay una distancia de tiempo. Además hay contextos tan distintos que nos alejan aún más de una comprensión cabal de la intención de la persona que, suponemos, los escribió.

Tal vez nos sea familiar el modelo básico de comunicación que define un emisor, un canal, un mensaje, un receptor y la retroalimentación que éste devuelve al emisor. Hace algunos años, la lingüista francesa Catherine Kerbrat-Orecchioni hizo una reformulación de este modelo clásico predominante a fin de profundizar la comprensión del hecho comunicativo.

Tanto la persona que comunica como la que recibe la comunicación están sujetos a una serie de competencias, determinaciones y restricciones.

El modelo reformulado contempla competencias de conocimiento de la gramática del lenguaje; competencias no lingüísticas, es decir lo gestual, lo implícito; la  competencia cultural e ideológica, que se refiere a cómo los sujetos de la comunicación entienden e interpretan el mundo que les rodea; cuáles son sus determinaciones psicológicas, psicoanalíticas o psiquiátricas; finalmente, las restricciones del universo del discurso, vale decir, qué ambiente político, social y cultural rodea a las personas y que restringen o permiten la expresión del discurso.

Tanto la producción del contenido como su interpretación están afectados por estos componentes de la comunicación.

Este modelo es de gran ayuda cuando consideramos textos antiguos. El horizonte de sentido, ese lugar donde deberían encontrarse el que escribe y el que lee, está muy lejano. No podemos hacer interpretaciones simplistas. No deberíamos suponer que la persona que escribió vivió un mundo similar al nuestro; mucho menos, creer que lo entendió como nosotros entendemos el nuestro.

¿Cómo aproximarse a esos textos antiguos, a esas “palabras de lejos”? Tal vez como a alguien que uno desea conocer, pero que no es de fácil acceso: con delicadeza, con respeto, con adecuadas preguntas, con honestidad; con humildad incluso.

Hay mucho que no sabemos, pero si nos acercamos bien, podemos disfrutar de un placer y un conocimiento que pueden afectar para siempre nuestras vidas.

Foto de Mark Rasmuson en Unsplash

Publicado por Benjamin

Publicista, escritor. Pasajero de la luz, de la esperanza y a veces de algunas sombras...