Buscando cierto libro que necesitaba hallé este texto de Rosa Montero titulado “La emoción de las cosas”. Y no pude evitar la sugestión de convertir la frase en un tema para este artículo.
La emoción de las cosas. Son demasiados estímulos y habrá que elegir algunos. Los espacios para estas cosas que la mente práctica considera inútiles siempre son pequeños.
La emoción del tiempo. Esos largos espacios en los que iba a la biblioteca a buscar información para el trabajo de investigación sobre la fotosíntesis. El silencio de la biblioteca. El libro que no se podía llevar a casa así que había que hacer las notas ahí. Y seguramente volver un par de veces más hasta terminar el proyecto. Tiempo para entender, para reflexionar sobre lo leído. Proponer reacciones y respuestas al texto. Escribirlo a mano. Presentarlo en la clase. Tiempo.
La emoción del paisaje. Los álamos en la tarde, los eucaliptus y sauces a la orilla del río y la montaña. Las nubes que van cambiando de color en el atardecer. El lago al amanecer con un manto de niebla que flota y se desplaza lento a ras del agua. Les crepúsculos que no se pueden explicar porque se ahoga uno de asombro. Las montañas, la nieve. El valle allá abajo alfombrado de viñas en enero, el enjambre de insectos iluminados por el sol de la tarde.
La emoción de aprender y de saber. Leer libros, ver películas, escuchar historias de ancianas y ancianos que rememoran otro siglo. Encontrar fotografías antiguas, mirar un puente de madera que tiene cuatrocientos años. Hallar en una librería de viejo un libro que leímos hace cincuenta años.
La emoción de recordar. Oficio que por estos años uno descubrió que así como consuela también nos explica el presente. Nos ofrece el relato de nuestros orígenes. Nos acerca a la esencia de las cosas.
El perfume sedoso de un cuerpo inolvidable, un espacio secreto donde uno nació y murió y volvió a nacer en unas horas. Una canción que le puso música y palabras a un momento central de la existencia. Una mirada que cambió todo. Un grito que no salió de la garganta. Unas lágrimas que nadie advirtió.
Las cosas. Ellas, con sus modos tan peculiares.
