La caída del mundo

La poesía tiene la particularidad de proyectarse indefinidamente en el tiempo. No importa cuántos años o siglos pasen, casi siempre puede ser entendida en su forma y contenido. Está metida en el tejido y la trama de la sensibilidad y la condición humana.

Les invito a considerar el siguiente texto:

Se destruyó, cayó la tierra, enfermó; cayó el mundo; enfermaron los altos pueblos de la tierra. Y la tierra se contaminó bajo sus moradores, porque traspasaron las leyes, falsearon el derecho, quebrantaron el pacto eterno.

Poema del género profético, Medio Oriente, siglo IV a.C.

Resulta conmovedora, si no inquietante, la actualidad de un texto que tiene casi veinticinco siglos de antigüedad. Su vigencia es indiscutible.

Vale la pena hacer notar que en aquella época el concepto de destrucción de la tierra o de caída del mundo no tiene correlato con nuestra actual idea de “fin de mundo”. En aquellos días no existía peligro de una conflagración nuclear o el grave deterioro ambiental que amenaza la continuidad de la vida humana sobre la tierra.

¿A qué, entonces, se refiere el autor de este fragmento cuando habla de destrucción, de caída y de enfermedad de los pueblos de la tierra? ¿Y cuáles eran los altos pueblo de la tierra?

Al ahondar en el significado de estas palabras es inevitable reconocer que se trata de un profundo deterioro moral. Y no uso esta palabra en el sentido que le suele dar la institución religiosa. Es una crisis social en la que toda la estructura que sostiene la comunidad humana está rota.

El pensamiento clave de este texto, a mi parecer, está en las siguientes palabras: “…porque traspasaron las leyes, falsearon el derecho, quebrantaron el pacto eterno.”

La convivencia, la paz, la relación de las personas con el entorno físico se sostiene – debe sostenerse – sobre ciertas convenciones fundamentales observadas por todas las personas y garantizadas por la ley y el derecho.

Traspasar la ley, falsear la justicia es quebrantar, ni más ni menos, ese pacto social, ese contrato que se supone permanente; eterno lo llama el poeta.

Ninguna sociedad puede florecer ni permanecer en un clima de injusticia, corrupción, opresión y crimen institucionalizado. Cuando eso ocurre, la caída del mundo es inminente. Ocurrirá más temprano que tarde.

¡Qué fácil es transgredir la ley! ¡Que difícil es vivir de acuerdo al pacto permanente!

La nuestra es una cultura que ha consagrado la explotación y el abuso del poder económico. A mayor abundamiento, el poder político se ha corrompido estructuralmente. Sobre esa movediza y decadente base, el fin es inminente.

¿Quién puede detener semejante destrucción y enfermedad? Usted y yo. Nosotros. Tendríamos que sacudirnos de nuestra comodidad y desidia y jugarnos la vida por recuperar la cordura y sanar – un poco al menos – la herida de nuestro mundo.

Aún no es demasiado tarde.

Fotografía: Steve McCurry en http://www.zendalibros.com

Publicado por Benjamin

Publicista, escritor. Pasajero de la luz, de la esperanza y a veces de algunas sombras...