Complicado el tema del amor. Primero, porque para hacer una reflexión más o menos lateral habría que alejarlo de esa primera impresión, que evoca lo filial, lo romántico y lo sexual. Mucho hay de todo eso y no está en mí hoy invocar esos efluvios.
Y luego, porque me convoca un problema diferente y es esto: ¿sirve para algo más el amor, aparte de la familia, la pareja o el sexo? ¿Sirve para tener esperanzas en la raza humana, así tal como está hoy, que parece más perdida que nunca? ¿Sirve para no perder de vista lo humano y que no terminemos a los palos, a las patadas o a los asesinatos de tal modo que un día desaparezcamos todos?
La primera impresión es que no sirve. No sirve para acompañar la mesa de las negociaciones, no sirve para que las instituciones mundiales que deberían velar por la paz y la justicia hagan el trabajo para el que fueron creadas, no sirve para detener bombardeos, asesinato de niños, genocidios, no sirve para resucitar a los muertos del sistema y castigar severamente las conciencias humanas, nuestras conciencias, nosotros que nos acomodamos en nuestros escritorios y escribimos intensamente sobre todo esto, pero ahí nos quedamos, guardados, sin que la carne se haga cargo de nuestras iluminadas opiniones.
Tengo una demencial fe en la condición humana, a pesar de lo oscuras que suenan las palabras anteriores. Porque si no tuviera esta fe, la única filosofía de vida válida sería el suicidio. Vivir en un universo de animales no puede producir agrado alguno; a animales humanos me refiero, porque al menos los animales verdaderos son consecuentes con su naturaleza. Nosotros no. Teniendo en nosotros la esencia de la vida y del amor, resolvemos odiar, destruir, matar, despreciar. Si eso no es una horrenda desnaturalización, no sé qué otra cosa puede ser.
El amor sí sirve. Pero no servimos al amor. Y por eso queda inútil. Se queda discurso, se queda poema, se queda palabra encendida. Y el odio sigue su curso natural. Hasta que nada más sirva.
“¿Vale Roma la vida de un hombre?”, pregunta Lucila a los senadores romanos, de pie frente al cadáver de Máximo: “Una vez lo creímos. Devuélvannos esa fe.”
¿No seríamos nosotros, no otros, los que deberíamos devolvernos la fe en el valor de la vida humana y de la cultura, precarias como son, pero dignas de sobrevivir?…
