La palabra fácil

Cierta vez en Villa María, viniendo al trabajo, leí este grafitti en el muro de una panadería:

No hay revolución sin evolución de conciencias.

Esas frases se encuentran todos los días en Twitter, Facebook, Instagram y otros muros inefables que nos ha ofrecido desde hace tiempo Internet. Son parte de esa cultura que ha usurpado el espacio del pensamiento, la reflexión y el rigor conceptual y ha instalado un nutrido rosario de frases hechas, de a peso la docena. Frases que han sido sacadas de algún libro o recopilación de frases famosas; o bien han sido escritas por un febril activista de masas en una mesa de café a las tres de la mañana.

Son fragmentos del discurso emotivo y visceral que mueve a la masa, que le ahorra el trabajo de pensar y la prepara para obedecer ciegamente a los dictados del agitador o demagogo de turno. Son consignas capaces de generar un desorden o un estallido que cambiará el curso de la historia, en la mayoría de los casos para mal y unas pocas veces para bien.

No deja de sorprendernos, aunque el cuero se va acostumbrando a todo, cómo el lenguaje se va reduciendo cada vez más, la palabra se va transformando en emoticones y abreviaturas que nos remiten al lenguaje gutural de los bebés o de las primitivas comunidades cavernícolas.

No se trata solamente del deseo obsesivo de esquivar el tiempo y el espacio, y mucho más el trabajo de la lectura y la reflexión, porque hay muchas otras manifestaciones de la cultura que van por el mismo derrotero.

Lo más angustiante de todo esto es darse cuenta de que la reducción acelerada y la progresiva destrucción del hábito de pensar críticamente da como resultado una masa manipulable, un agregado de seres humanos a los que se puede convencer con un tuit, un meme, una idea ardiente en un discurso político o en una predicación emocionada.

Posiblemente la revolución sí requiera de conciencias evolucionadas. Entonces la tragedia de este grafitti no es sólo su brevedad; lo es también la imposibilidad de que haya conciencias evolucionadas porque la palabra y la imagen se van reduciendo hasta el punto en que desaparece el ser y predomina el mero sentir.

Foto de Andreas Fickl en Unsplash

Publicado por Benjamin

Publicista, escritor. Pasajero de la luz, de la esperanza y a veces de algunas sombras...