No dormía. El pulso le martillaba el pecho. Las horas reptaban lentas sobre el cobertor que se le antojaba plomo derretido. El sudor de la madrugada le empapaba la mente y no podía precisar el origen ni la naturaleza de semejante desasosiego.
Crispados los nervios, abrió la ventana buscando el oscuro frescor de la noche. Bebió una bocanada de aire y esperó. No dejaría que llegara el alba sin entender de dónde y por qué le venía ese abrumador peso en el alma.
Consideró los hechos, pero ningún dato certero despejaba esa bruma inmensa. Intuía que era algo agazapado en la conciencia que esquivaba el escrutinio de la razón. Era una cosa movible, azabache, viscosa. Una sustancia compuesta de miedos, antiguas historias y terrores sin nombre.
No podía ser que todavía, en este instante de la vida, ese demonio de las profundidades aún se moviera, que aún le sorbiera la vida, ya gastada por la enfermedad y los años.
No supo en qué momento sintió el asalto. Se le vino encima en una milésima de segundo. La sangre se le detuvo, o se le congeló. Lo arrolló la evidencia. Un sonido gutural salió de su garganta, un gemido indecible ahogó la palabra que nombraba esa cosa.
Una revelación. Un darse cuenta. Una absurda toma de conciencia, porque no supo, y tal vez nunca sabría, el arcano que conjuraba semejante realidad.
Se sentó en la silla de su escritorio frente a la ventana, hasta que la primera luz de la mañana, entreverada con las ramas del gomero, cubrió con móviles puntos dorados el sitio donde más tarde hallaría la inesperada respuesta.
(Fotografía: El asalto, Benjamín Parra Arias, fragmento)

