El ser, la nada y otras inutilidades

Regresando a casa esta tarde vi venir por la vereda de enfrente a tres chicos de unos trece a quince años. Reían y hablaban en alta voz. Por supuesto no llevaban barbijos. Para ellos, el virus es una cosa de adultos. La vida está delante de ellos. La muerte no es más que una entelequia. Un hecho remoto, casi ficticio.

Pasé un día horrible. El analgésico que debo tomar para mi post operatorio se había terminado y estaba tomando un sucedáneo. De menor efecto, claro, y los resultados se hicieron sentir con toda gravedad. No pude hacer nada. No podía pensar. No podía escribir. Apenas inventé un almuerzo ligero y sólo pude tenderme en la cama por horas.

Por fin pude levantarme y acudir a la farmacia por el bendito analgésico. La pastilla en cuestión es realmente efectiva. Ahora me pude sentar al teclado y trato de resumir mis sentimientos. Aquello de los chicos que crucé en la calle, quiero decir.

Siempre es estúpido comparar. Yo fui adolescente hace más de cincuenta años y viví lo mío. Pero desde esta vejez, los adolescentes no son unos transeúntes que uno no advertiría en la calle. Al contrario, esta tarde sentí todo el peso de mi cuerpo adverso. Todo el resto físico que perdí en el camino. La dificultad para caminar erguido por el dolor. el ritual para recuperarme con cierta dignidad de la cirugía de la que ya no quisiera hablar más, pero es imposible.

La vida de ellos me rozó, traída por la brisa de esta tarde primaveral. Sentí el aroma de las lavandas, la sonrisa triste de aquella niña que besé en la costanera del Río Calle Calle. La ruta, el camión del primo, la completa y absoluta libertad del ser. Sin horarios, sin jefes, sin deberes absolutos. Fue como si un toque fantasmal disolviera el presente y quedara sólo ese minuto estático, la luz del sol reverberando entre los árboles a las cinco de la tarde un verano en Retiro.

¿No será que vivimos nuestra adolescencia sin ningún tacto? ¿Derrochamos las horas sin saber, inefables ignorantes, que no regresarían jamás? ¿Pudimos haber disfrutado mucho más cada cosa y no saciarnos de ellas en unos pocos minutos arrebatados?

¡Cómo quisiera tener esos tesoros de nuevo, pero con la mente pacífica! ¡Cómo quisiera haber entendido mejor la levedad de todo y haber entrado en ello con más profundidad, con tiempo, con arte!

Nos gastamos porque nos creíamos inmortales. Ahora, que me entiendo mortal, lo quisiera todo de vuelta. Pero es inútil. No sólo porque es imposible. Sino porque ¿de qué serviría, en realidad…?