Estoy terminando de leer «El mundo de ayer. Memorias de un europeo» de Stefan Zweig, escritor y dramaturgo austríaco. Este largo ensayo autobiográfico remite a una vida que se desarrolla desde antes de la Primera Guerra Mundial hasta mediados de la Segunda. No debería, pero me sigue asombrando cómo los tiempos se repiten desde la más remota antigüedad.
Hay extensos pasajes que parecen ser un recuento de lo que pasa en América, Europa o cualquier otro punto del mundo. El mismo movimiento respecto de la política, de la economía, de la cultura, de las relaciones humanas. Las mismas esperanzas y las mismas frustraciones.
Somos los mismos, todo el tiempo. La gente de hoy tiene la persistente idea de que estos tiempos son únicos en la historia de la humanidad. Están convencidos que la tecnología, la inteligencia artificial o lo que sea que seduce a los ojos está produciendo un «nuevo» ser humano. Una suerte de «homo deus».
Los tiempos se repiten desde la más remota antigüedad. Las mismas esperanzas. Las mismas frutraciones. Somos los mismos todo el tiempo…
Pero igual soñamos. Igual intentamos remontarnos por sobre nuestra pequeñez. Igual seguimos pensando que lo podemos hacer mejor el año que entra. Sólo necesitamos un poco más de tiempo. Sólo necesitamos un nuevo gobierno, una nueva tecnología, una nueva doctrina.
Todo esto, para darnos cuenta, a veces más tarde que temprano, que es inútil. Toda la belleza y toda la crueldad están en nosotros indisolublemente unidas. Es sólo nuestra voluntad la que da lugar a la una o a la otra.
Claro, nos excusamos. Es el medio ambiente, es la falta o la abundancia de dinero. Es que tuvimos poca educación… o demasiada. Es que los demás no comprenden lo que no pasa. En fin, nómbrenlo.
Lo que nos queda, como siempre, es la esperanza. No de que las cosas cambien, Sino que nosotros cambiemos y hagamos las cosas como se deberían hacer.,
