De soledades

Lo que para uno es alegría  no disimulada, para otros es condena atroz. La vida en dos caras, anverso y reverso en la misma existencia. Cómo coincidir en este misterio.

Siempre algo a contrapie, todo el tiempo una disonancia. El sueño de cóncavo y convexo de la canción de Roberto Carlos es eso: un sueño. En el paroxismo de los cuerpos pareciera que todo se funde y se hace uno, pero una vez pasadas esas eternidades regresa un desasosiego, la insoportable aspereza de la otredad.

Solía pensar, en la edad de la inocencia, que la diferencia era el ambiente perfecto de la unidad. Hasta que se hizo querella constante, reproche inaudible, gesto visible de la molestia.

“A veces la soledad es un amparo secreto, un remanso plácido y sutil. Otras, un latigazo feroz, una compañía indeseable, una sombra doliente.”

(De un antiguo registro de mi blog)

Lo que fuera atracción de los opuestos devino martirio de la discordia, argumento recurrente de la refriega. Y lo otro, lo mismo. Ser tan iguales con el tiempo se hizo aburrimiento, mímica atosigante. Es que somos tan parecidos resultó ser la cara oculta de un espejo enervante.

«Vamos viviendo, viendo las horas que van muriendo. Las viejas discusiones se van perdiendo entre las razones. A todo dices que sí, a nada digo que no, para poder construir esa tremenda armonía que pone viejos los corazones». (Mercedes Sosa en El tiempo pasa)

¿Será eso, al final? Algo parecidos, algo diferentes tal vez resuelva la vieja cuestión.

Hay tantas adversidades todo el tiempo. El ruido destructivo de la ciudad, la noticia corriente del robo a mansalva y el latrocinio de empresarios, clérigos y políticos, el hedor de la suciedad y el humo sofocante de las usinas, la violencia que no da tregua en callejones y bulevares, la inquina y el maltrato de jefes y patrones, la insolencia de dependientes y funcionarios, las protestas con su inventario de calles cortadas, vidrieras rotas y gases lacrimógenos, las querellas que se expiden en cartas documento y que se despachan en las oficinas del tribunal, la estridencia de opinólogos, panelistas y expertos de utilería en radio y televisión, la chapucería y la ignorancia rampante por todos lados.

Tanta abrumadora diferencia inevitable, ¿no justifica que uno quiera elegir la soledad como amparo secreto, como remanso plácido y sutil? Y, ¿no es irónico que a final de cuentas la soledad es la única que no nos dejará… solos?

Publicado por Benjamin

Publicista, escritor. Pasajero de la luz, de la esperanza y a veces de algunas sombras...