Llueve.
Lenta y silenciosamente, llueve.
Evoco otras lluvias. Esa que parecía que limpiaba la cara y el alma. Bajo la cual quería caminar a rostro descubierto para que lavara las turbiedades de mi adolescencia.
Lluvia del sur, de los bosques seculares de la Araucanía. Larga lluvia, persistente, a veces borrosa de niebla. Llenando de cristales los helechos. Acompañando ese dolor temprano que arrastraba porque la vida no era lo que parecía. Hasta que lo entendí, claro.
Lluvia torrencial, espesa y tibia de los trópicos y de Villa María en el verano. Truenos y relámpagos con oberturas de fin de mundo que terminan en veinte minutos; entonces un millón de rayos luminosos apagan semejante fragor y como que aquí no pasó nada.
Lluvia del alma, estragos del ser que busca y no encuentra. Lluvias refrescantes que humedecen el desierto de soledades interminables.
Agujas transparentes que repican en la pregunta, en la esperanza, en el desaliento. Gotas danzarinas que de repente alegran el paisaje de los días.
Volvió la lluvia a este invierno sexagenario. Volvió para proponerme regresos espontáneos y fugaces a los días previos al lindo arco iris. Para recordar encantos y amores viejos.
La lluvia renueva su pacto con la tierra y otorga su antigua humedad fructífera, que apura frutos y semillas, que retorna la fe en las cosas primitivas.
Lluvia que azota a los pobres más que a los ricos. Que entra por los resquicios de la miseria y agrava por unas horas, por unos días, por unos siglos el hambre y el frío.
Lluvia que alegra y que entristece, como todas las cosas materiales de que se compone nuestra patente humanidad.
