El libro

Estaba ahí desde que abrí los ojos y entendí que estaba vivo. Era paisaje cotidiano, comida lateral para mi hambre feroz de ver, de sentir, de palpar, de ver más allá de los muros y las rejas.

Se abría a mi apetito voraz de conocimiento y lo saciaba con países exóticos, comidas extrañas, inmensos nubios y embriagadoras odaliscas. Entré en las cavernas del centro de la tierra, navegué los mares ecuatoriales, entré en el territorio de los arapahoes, exploré los secretos del laboratorio de Baker Street y estuve en los campos de batalla de Trafalgar y Waterloo.

Conocí las vidas secretas de los grandes hombres de la política, la música y el arte. Exploré el espacio infinito y las primeras nociones de nuestro amigo satélite. Aprendí que los chinos inventaron los fuegos artificiales, el papel, la pizza y los fideos.

Atravesé los hielos polares y anduve por desiertos entre beduinos, derviches y soldados de la Legión Extranjera. Experimenté los primeros temblores del inglés en el “National Geographic” impreso y me fasciné con las fotos de Lennart Nilsson del interior del cuerpo humano allá por los años sesenta.

Recorrí las mansiones señoriales y las casas pobres del París de Balzac y sus enormes descripciones que abrumarían a los tristes navegantes de los 280 caracteres. Seguí la mirada de historiadores, ensayistas, periodistas, poetas, cronistas y, nobleza obliga, algunos inefables pintamonos* del heterogéneo mundo de las letras.

El libro me acompaña siempre. Ha sido confidente, consolador, escape, conocimiento, esperanza, inspiración, conciencia social, asombro, risa, lágrimas y bronca acumulada por años de años.

En mi mesita de noche, sobre el estanque del inodoro, en la mochila, en la mesita del living, en el estante, en mi escritorio, el libro vigila mis variables condiciones  climáticas internas, me propone su conversación silenciosa.

Lo acerco, lo leo, lo dejo y ahí está el libro, siempre disponible, sin publicidad engañosa, sin baterías que hay que recargar ni nuevas versiones que reemplacen las antiguas, sin me gusta, sin comentarios no solicitados, sin mensajes que esperan una urgente respuesta.

El libro vive y deja vivir. El tiempo no hace más que ennoblecerlo si es bueno y hacerlo material de reciclaje si es malo.

De todos los inventos humanos el que más me reconcilia con la raza es el libro.

(*pintamonos: chilenismo para referirse gente que no tiene nada que hacer ahí)

Publicado por Benjamin

Publicista, escritor. Pasajero de la luz, de la esperanza y a veces de algunas sombras...