Contemplamos esos amaneceres del invierno, después del ardor desaforado de la noche, de la vigilia y de la fiesta.
Bailamos sólo tú y yo. Toda la noche.
Caminamos en silencio, tomados de la mano tal vez. No necesitamos más. Todo fue nuestro. Nada nos fue ajeno. O al menos, eso pensamos.
«La cruda luz del alba» nos golpeaba el rostro con su hálito helado. Nos ponía de nuevo en contacto con la realidad, esa meridiana llamada de atención que jaquea los sueños.
Entonces, un inmenso tropiezo. Una conflagración de sentimientos deshizo el frágil edificio de las cosas. Enmudecidos, vimos caer el telón de esos momentos.
. . .
Pasó el tiempo. Devino siglos. Y todo fue cubierto por el polvo de los días...
. . .
Pero aún las generaciones más perdidas tienen una segunda oportunidad sobre la tierra.
Y, desde el reposado aliento de los años, salió una palabra, un susurro más bien.
Y fue el tiempo dorado de una segunda mirada. Una nueva manera de ver lo de ayer.
Y vino la paz. El sosiego del espíritu.
Una nueva luz del alba…

Me suena a luna de miel y luego los lapsos de tiempos juntos terminando con la esperanza, esperanza de seguir adelante sin parar es lo que percibo
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