De todas las edades posibles quizá termine prefiriendo la que no he vivido aún. Con el tiempo la vida ya casi cabe en una valija.
Los libros que no voy a escribir los voy a donar a la biblioteca de Nunca Jamás. Ya regalé mis antiguos trajes y todas mis corbatas excepto la que me regaló Moisés Toirac hace treinta años.
Transité la poca distancia que hay de tarde en tarde a de nunca en nunca. Es posible que valga más nunca que tarde.
El cartero ya no llama ni una vez. Cerrado por derribo. Devuélvase al remitente.
Toda la música que escucho no es más que notas al pie de Samba pa ti. De los libros, vuelvo siempre a Las Islas y El Rey de la Cabina.
De los discursos e importantes materias, casi nada. Los errores enseñan algo: no te metas. El amor, inexorablemente, pasa la factura.
Como dijo una escritora mendocina, hay que dejar de sobarle la espalda a la tristeza y abrazarla, despedirla cariñosamente y dejar que se vaya por un tiempo para que regrese fresquita y renovada algún tiempo después.
De las películas quedan, entre otras, Orgullo y Prejuicio, El Muro (Pink Floyd) y La Ladrona de Libros.
De los lugares, lejos primera opción, la vieja cuesta de Los Añiques y Pucura Alto en la Araucanía.
A veces ya no es posible saber qué es ficción y qué es realidad. Nos acosa una suerte de esquizofrenia socioespiritual.
No queda más que reparar las trizaduras del alma con cinta adhesiva de embalaje. Cuando no hay más ganas se deben reponer con sopa de pollo. Hay que encender un quinqué en el muro de la memoria para ordenar los recuerdos.
Algunas cosas quedan, supongo, pero la mayoría se diluye en la playa del recuerdo

Suena triste y con algún cuadro de depresión se me hace, de todos modos, Dios te bendiga Benjamín
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