Lo viejo de lo nuevo

Siempre pensamos que el 1 de enero tiene algo de mágico; algo que borra los trescientos sesenta y cinco días pasados y abre un nuevo cuaderno de notas en la vida.

Y hacemos planes. Nos planteamos propósitos sobre nuestro tiempo personal, el ejercicio, la comida o la bebida, el contacto con nuestras familias, el trabajo o los estudios. Tal vez consideremos que tenemos que deshacernos de cosas que ya no usamos y que se fueron acumulando al abrigo de ciertas indulgencias consumistas.

Este año vamos a escribir un libro, vamos a manejar un nuevo sitio de internet, vamos a viajar. Vamos a retomar el contacto con algunos amigos de la promoción de 1971. Será importante un intento de reunión de los siete hermanos que somos en algún lugar en que estemos a buen resguardo de resentimientos y malos recuerdos.

Realizaremos talleres, escuelas, cursos. Editaremos más de algún manuscrito de alguien que piensa que puede confiarnos su creación. Participaremos probablemente en algún encuentro para hablar acerca de la violencia contra la mujer o la responsabilidad social.

Seguiremos adelante con la lectura de la Biblia, tarea que comenzamos hace más de cuarenta años y que aún sigue siendo una novedad literaria de proporciones, al menos para mi curiosidad eterna y lateral.

Y la lista suma y sigue. El 1 de enero nos regala la idea que tendremos tiempo, salud y vida para hacer todas esas cosas. Que esta vez sí que cumpliremos con estas resoluciones. Vamos a comprarnos un lindo anotador, con tapas elegantes y hojas amarillas sin líneas y vamos a escribir la crónica de nuestros nuevos deseos.

Lo curioso es que esta lista se parece a la del año pasado, a la de 2019 y a la de 1998. Son casi idénticas. Pero como hoy estoy bastante optimista, diré que la vida es una continua rueda que nos pone una y otra vez en el primero de enero y nos encanta creer que lo viejo es, definitivamente, nuevo…

Publicado por Benjamin

Publicista, escritor. Pasajero de la luz, de la esperanza y a veces de algunas sombras...